viernes, 20 de febrero de 2015

Depresión

Aparece y desaparece como se le viene en gana, haciendo parecer que tiene vida propia, es un parásito sobre mi nuca y se alimenta de mi sangre. A veces me encuentro con ella por elección propia y otras veces simplemente la veo, me rindo a sus pies como una esclava sumisa. Ella hace conmigo lo que quiere. No existen palabras para confortarme, ni abrazos, ni besos, prácticamente nada e ineludiblemente me pierdo pasando las páginas de las razones por las cuales me enamoré de la sensación de no tener el control. Ella tiene unos ojos grises, llorosos, intento ayudarla, pienso que si alguien la escuchara ella podría desaparecer tranquila como si se tratara de un espíritu tratando de pasar al más allá pero casi siempre termino llorando a su lado, echándome encima las culpas que había lavado tiempo atrás y los recuerdos vacíos de dolor se tornan pesados, cada uno de una tonelada y todos sobre mis párpados. Pasan las horas, mi posición de ovillo no cambia, los ojos hinchados, la nariz roja. Me veo al espejo tratando de convencerme que no es buena para mí, que sus abrazos solo están plagados de navajas afiladas. Miro alrededor intentando buscar algo que pudiera significar algo más importante que ella, con quién he cargado tantos años, excusando su dolor en el mío, escondiendo en mis heridas sus razones. Recuerdo la primera vez que la vi venir, el miedo que me recorría las venas, la sentí tan dentro mio que quise sacarla a la fuerza; abrí mis venas para verla irse pero terminé escribiendo nombres en la pared y el miedo me abandonó, desde entonces la acuné como a un bebé. Ella despierta cuando quiere. ¿Y me preguntan por qué no quiero ser madre?