Simplemente se trata del ciclo de
las cosas. Desapariciones de aquello que se conoce para entrar en una etapa en
donde el mundo de las posibilidades se abre como las flores en la primavera,
para la gente es sencillo de adoptar las tendencias que faciliten las labores
del día: una carreta, un molino de agua, luz para trabajar en la noche, tinta
para escribir. Lo artificial es fácilmente aceptable dentro de la acelerada
mente del ser humano, pero su ritmo es anormal y creciente, se forman costras
en la continuidad y se abren heridas en la naturaleza a las que se les presta
poca atención, de forma vertiginosa, tiemblan las manos de aquellos que buscan
hacer de la vida más fácil de vivir, menos luchar y más producir para ser
feliz.
Para una flor, cambiar el color
de las hojas, la forma del tallo, el tamaño de su raíz, el proceso es lento y
sucede por adaptación. Sin embargo, para el ser humano pasar de no poder
enfocar la vista a poder hacerlo resulta algo completamente natural, es parte
del plan gigante que rige las vidas de aquellos seres pensantes que se deslizan
sin cuidado por los procesos evolutivos, burlando los sistemas existentes.
Entre los árboles un ser observa
algunas lavanderas que salen a lavar la ropa al borde del río. El ser sonríe.
El ser espera. La tercera viene con un gran canasto y sin compañía, con
lágrimas en los ojos a causa de un colorado en la parte derecha de su cara. Su
cara es morena, de piel tersa y cabello crespo, sus formas se adivinan debajo
del vestido que ha usado por varios días. Es ella. Las dos primeras lavanderas
terminan sus tareas e intercambian algunas palabras despectivas de la tercera,
que lejos de terminar solloza por un marido que la golpea si ella decide que
con diez y seis años no tiene las ganas para los juegos nocturnos que éste le
propone, a los que termina accediendo después de la lucha, los gritos, las
persecuciones. Otra prenda sobre la piedra, más agua sobre las prendas y no se
percata de que está sola, que está siendo acechada nuevamente. El mohán se
desliza del árbol y se ubica tras un arbusto al que la lavandera le da la
espalda.
Han pasado varias horas y la
desaparición de la joven no pasa desapercibida entre los habitantes. El mohán
tiene la costumbre de arrastrar jóvenes mujeres, seduciéndolas con un aliento
de flores y nardos, las envuelve en un amasijo de ramas, las besa y les quita
el poder de concebir, celebra en su lecho arrancándoles la cuna de sus cuerpos,
de vez en cuando aparecen sus prendas cerca del río y se murmura entre las
fincas vecinas la presencia de algo sobrenatural.
-Ninguna debe andar sola y si van
al río a hacer el deber, irán en grupo en compañía de uno o dos hombres que las
defenderá. No pueden salir después de las cinco y deben complacer a sus
acompañantes como ellos se los pidan pues ninguna mujer debe considerar que un
hombre está a su servicio, son ustedes quienes nos sirven.
El dueño de las esclavas las mira
a todas y examina los rostros en busca de un rastro de duda, sus dedos crujen
pues no comprende qué sucede con las indias y por qué no aparecen.
-Sospecho que se las está robando
la hacienda de aquí seguido señor Germán- Propone uno de los vigilantes de las
esclavas.
-No me voy a quedar con ésta, voy
a saber qué está pasando con las esclavas- Responde furioso el capitán, que ya
ha perdido a más de una veintena de sus esclavas.
El mohán se deleita con las
víctimas y va cambiando de lugar para no dejarse ver. Los cacicazgos se
expanden y los dueños de las tierras se hacen más poderosos, arrasan con
bosques completos para implantar la agricultura a la fuerza. El mohán ataca con
fuerza los hacendados, hace crecer plantas venenosas entre los plantíos, los
bosques que fueron talados apenas ayer re-aparecen y molesta a sus dueños. El
caos se extiende, el miedo los consume, pero su ego no parece tener fin y su
obstinación menos. A pesar de los esfuerzos del protector del bosque, del dueño
de los fenómenos naturales, del otoño, de la cosecha, de la flora y la fauna se
debilita y sangra mientras el ingenio humano consume sin medida ni rigor los
recursos que se han mantenido intactos por siglos. Se esconde en las peñas, le gusta fumar
tabaco, se mete en el rio para perderse y llegar a su cueva, le ofrece oro a
las mujeres para seducirlas o las araña y las hunde cuando se van a bañar al
río.
No es tan tarde, el mohán tiene
su carta bajo la manga, Él atacará.
La señora se calla y mira a los
niños cuyos ojos tienen las pupilas dilatadas y algunos se pusieron las
almohadas en las cabezas para no escuchar el relato.
-No digo mentiras, todos sabemos
que Él anda por ahí, está esperando. El mohán va a aparecer y más les vale
andar en grupo, porque si se van solos a cazar, su peor peligro no van a ser
los blancos que los cojan pa’ mandarlos en bogas a cazar y les peguen.
-¿Pero por qué solo se lleva a
mujeres?-preguntó una de las mayores del grupo
-Ése no tiene sexo, no es un
indio, Él no fue creado por los dioses con maíz y por lo mismo es que no puede
fecundar pero su labor eterna es ésa; procrear el bosque, protegerlo, necesita
lo que las mujeres tenemos: el poder de dar a luz, la fuerza eterna de poder
dar vida, eso Él no lo tiene pero tú sí.
-Yo lo voy a encontrar- Se
levanta el más pequeñito de todos- Me lo voy a traer para que todos lo vean y
no le tengan miedo.
Las risas se propagan desde la anciana
hasta todas las caras que se asoman en la fogata y llega la hora de dormir. El
niño, cierra los ojos y se imagina las ramas de la cabeza del mohán antes de
quedarse dormido.