lunes, 20 de abril de 2015

El trayecto irónico de una estrella fugaz.

Todas, o casi todas las almas perdidas buscan la pequeña oportunidad de divisar por ésa ventana minúscula en el cielo a aquellos que se quedaron con las lágrimas de la pérdida, las nostalgias de los tiempos pasados, aquellos que permanecen con vida. Las almas hacen fila para tomar su lugar en la estrella.
Las estrellas tienen sus propias reglas; ofrecen la oportunidad de vigilar de forma pasiva a las vidas de los seres queridos una vez cada cuatro años pero cada una de ellas debe reunir suficientes méritos para ganarse su turno; unas se dedicaban a darles pequeños toques de felicidad a los pensamientos, y las más entregadas solían ofrecer pequeños milagros usando su propia energía vital: atrasar el reloj, hacer que deje de llover o incluso crear un arcoíris en un día soleado. En este vasto universo, existía una sola alma que guardaba todos sus méritos en pos de un solo deseo y es que si bien las estrellas eran muy estrictas, ofrecían una oportunidad única, pues si tras 20 años el alma no había reclamado su turno, ellas te ofrecían el poder para conceder un solo deseo pero siempre y cuando se diera la coincidencia que ésa persona estuviera mirando el cielo. Sin embargo el costo era alto: la evanescencia, desaparecer.
Nunca nadie supo quién era la persona amada de ésa alma tan pequeña. Veinte años pensando en qué podría pedir ella, qué gran felicidad podría darle con un deseo y ésa noche era la noche.
-¿Estás seguro?-preguntó la estrella
-Todo por ella-Dijo el alma
-Debo recordarte que te condenas a ti mismo a desaparecer.
-Lo sé, pero lo vale.
La estrella le abrió la puerta y un grupo grande de figuras antropomórficas lo observaron, algunas sonrieron, otras permanecieron en silencio mientras él caminaba hacia el centro del círculo. Una luz lo envolvió y lo levantó del suelo mientras los ojos de las figuras brillaban, un gran ruido se propagó a su alrededor, las figuras fueron desapareciendo de su vista y de repente, estaba viajando a toda velocidad. Océanos de rostros desfilaban en su vista, como si se tratara de un álbum de fotos, algunos susurros al oído: deseos. Durante su apurado recorrido, con un toque de suerte, o destino, si así se puede llamar a las coincidencias; pudo ver el rostro que buscaba. Ella miraba hacia el cielo como si reconociera su presencia a miles de kilómetros, sus ojos se cerraron y su pensamiento evocó un único deseo.
Unos pocos segundos después, ambos se desvanecieron.