sábado, 9 de mayo de 2015

Época de cambios

Simplemente se trata del ciclo de las cosas. Desapariciones de aquello que se conoce para entrar en una etapa en donde el mundo de las posibilidades se abre como las flores en la primavera, para la gente es sencillo de adoptar las tendencias que faciliten las labores del día: una carreta, un molino de agua, luz para trabajar en la noche, tinta para escribir. Lo artificial es fácilmente aceptable dentro de la acelerada mente del ser humano, pero su ritmo es anormal y creciente, se forman costras en la continuidad y se abren heridas en la naturaleza a las que se les presta poca atención, de forma vertiginosa, tiemblan las manos de aquellos que buscan hacer de la vida más fácil de vivir, menos luchar y más producir para ser feliz.
Para una flor, cambiar el color de las hojas, la forma del tallo, el tamaño de su raíz, el proceso es lento y sucede por adaptación. Sin embargo, para el ser humano pasar de no poder enfocar la vista a poder hacerlo resulta algo completamente natural, es parte del plan gigante que rige las vidas de aquellos seres pensantes que se deslizan sin cuidado por los procesos evolutivos, burlando los sistemas existentes.
Entre los árboles un ser observa algunas lavanderas que salen a lavar la ropa al borde del río. El ser sonríe. El ser espera. La tercera viene con un gran canasto y sin compañía, con lágrimas en los ojos a causa de un colorado en la parte derecha de su cara. Su cara es morena, de piel tersa y cabello crespo, sus formas se adivinan debajo del vestido que ha usado por varios días. Es ella. Las dos primeras lavanderas terminan sus tareas e intercambian algunas palabras despectivas de la tercera, que lejos de terminar solloza por un marido que la golpea si ella decide que con diez y seis años no tiene las ganas para los juegos nocturnos que éste le propone, a los que termina accediendo después de la lucha, los gritos, las persecuciones. Otra prenda sobre la piedra, más agua sobre las prendas y no se percata de que está sola, que está siendo acechada nuevamente. El mohán se desliza del árbol y se ubica tras un arbusto al que la lavandera le da la espalda.
Han pasado varias horas y la desaparición de la joven no pasa desapercibida entre los habitantes. El mohán tiene la costumbre de arrastrar jóvenes mujeres, seduciéndolas con un aliento de flores y nardos, las envuelve en un amasijo de ramas, las besa y les quita el poder de concebir, celebra en su lecho arrancándoles la cuna de sus cuerpos, de vez en cuando aparecen sus prendas cerca del río y se murmura entre las fincas vecinas la presencia de algo sobrenatural.
-Ninguna debe andar sola y si van al río a hacer el deber, irán en grupo en compañía de uno o dos hombres que las defenderá. No pueden salir después de las cinco y deben complacer a sus acompañantes como ellos se los pidan pues ninguna mujer debe considerar que un hombre está a su servicio, son ustedes quienes nos sirven.
El dueño de las esclavas las mira a todas y examina los rostros en busca de un rastro de duda, sus dedos crujen pues no comprende qué sucede con las indias y por qué no aparecen.
-Sospecho que se las está robando la hacienda de aquí seguido señor Germán- Propone uno de los vigilantes de las esclavas.
-No me voy a quedar con ésta, voy a saber qué está pasando con las esclavas- Responde furioso el capitán, que ya ha perdido a más de una veintena de sus esclavas.
El mohán se deleita con las víctimas y va cambiando de lugar para no dejarse ver. Los cacicazgos se expanden y los dueños de las tierras se hacen más poderosos, arrasan con bosques completos para implantar la agricultura a la fuerza. El mohán ataca con fuerza los hacendados, hace crecer plantas venenosas entre los plantíos, los bosques que fueron talados apenas ayer re-aparecen y molesta a sus dueños. El caos se extiende, el miedo los consume, pero su ego no parece tener fin y su obstinación menos. A pesar de los esfuerzos del protector del bosque, del dueño de los fenómenos naturales, del otoño, de la cosecha, de la flora y la fauna se debilita y sangra mientras el ingenio humano consume sin medida ni rigor los recursos que se han mantenido intactos por siglos.  Se esconde en las peñas, le gusta fumar tabaco, se mete en el rio para perderse y llegar a su cueva, le ofrece oro a las mujeres para seducirlas o las araña y las hunde cuando se van a bañar al río.
No es tan tarde, el mohán tiene su carta bajo la manga, Él atacará.
La señora se calla y mira a los niños cuyos ojos tienen las pupilas dilatadas y algunos se pusieron las almohadas en las cabezas para no escuchar el relato.
-No digo mentiras, todos sabemos que Él anda por ahí, está esperando. El mohán va a aparecer y más les vale andar en grupo, porque si se van solos a cazar, su peor peligro no van a ser los blancos que los cojan pa’ mandarlos en bogas a cazar y les peguen.
-¿Pero por qué solo se lleva a mujeres?-preguntó una de las mayores del grupo
-Ése no tiene sexo, no es un indio, Él no fue creado por los dioses con maíz y por lo mismo es que no puede fecundar pero su labor eterna es ésa; procrear el bosque, protegerlo, necesita lo que las mujeres tenemos: el poder de dar a luz, la fuerza eterna de poder dar vida, eso Él no lo tiene pero tú sí.
-Yo lo voy a encontrar- Se levanta el más pequeñito de todos- Me lo voy a traer para que todos lo vean y no le tengan miedo.

Las risas se propagan desde la anciana hasta todas las caras que se asoman en la fogata y llega la hora de dormir. El niño, cierra los ojos y se imagina las ramas de la cabeza del mohán antes de quedarse dormido.

viernes, 8 de mayo de 2015

Desaparición

La luna se esconde tras una cortina de niebla y el viento susurra a través de las hojas del viento. Algo parecido a un hombre se mueve con agilidad entre las ramas, solo una luz se distingue adelante, la luz de una vela, a las afueras de un pequeño cacicazgo y ésa es su dirección. Sus músculos se tensaron, la boca inexpresiva esperaba pacientemente en la rama del árbol de naranjas a que la mujer se retirara de la escena.
-Buenas noches, descansa.
Ella se inclinó un poco y le besó la frente al pequeño. Acto seguido apagó la vela del lado derecho de la cama, quemándose la punta de los dedos que rápidamente se llevó a la boca. Se detuvo de espaldas en la puerta y le pareció que la noche tenía un aspecto distinto, casi macabro, preocupada cruzó la habitación y cerró la ventana por primera vez en varias lunas. De nuevo caminó hacia la puerta y sostuvo la mirada hacia el árbol y finalmente cerró la puerta tras de sí.
La respiración se le agitó un poco, le parecía divertida la mirada de la mujer que había salido, era como si pudiera verlo, hasta hubiera preferido llevar dos cargas en vez de una, pero no esa noche. Pasaron unos minutos en total inmovilidad para no levantar sospechas, unas raíces cubiertas de hojas se le extendieron desde los dedos cruzando bajo la ventana y desatorando el mecanismo con un pequeño chasquido, apenas audible. La rama del árbol creció de forma poco natural haciéndole un camino hacia el marco de la ventana y una gota de sudor le resbaló en la sien por el esfuerzo. Bajó lentamente por la ventana introduciéndose a la habitación del niño y con un movimiento rápido sus manos llenas de tierra le sujetaron de la boca, el niño despertó sobresaltado e intentó gritar. Aquél ser se puso un dedo sobre la boca en señal de que debía guardar silencio. El niño solo pudo ver unos inmensos ojos azules que lo iban sumergiendo lentamente en un trance, olía a alguna especie de planta o mezcla de ellas, y en un momento se sumergió en un estado de letargo del que tardaría varias horas en despertar.
El mohán tomó el niño y lo envolvió en la sábana cuidadosamente, se lo puso en la espalda y caminó al marco de la ventana para emprender su huida. En ése momento varios pasos se escucharon en las escaleras, la puerta se abrió de un solo golpe. Por un instante cruzaron miradas, pero el mohán extendió nuevamente la rama del naranjo y trancó la puerta antes que ella pudiera cruzarla en auxilio por su hijo. Un dolor intenso se le extendió por el brazo mutando su expresión en una mueca, se incorporó un poco sosteniendo su brazo adolorido con el otro y mirando inquietante hacia la puerta. De un salto cruzó la ventana y estaba parado junto al tronco del árbol. Éste se abrió, tragándolo como si se tratase de un portal y tras él, desaparecieron el mohán y el niño a su espalda. La mujer gritaba por toda la casa y pronto luces de velas se extendieron en el cacicazgo.
-¡Ha sido robado! ¡Robado! ¡Mi hijo pequeño! ¡Auxilio!- Gritaba y corría por todas las casas tocando las puertas, la madre del niño.
En toda la noche, buscaron con perros y preguntaron si faltaba alguien más, las señoras ancianas se sentaron en un círculo y prendieron fuego en la mitad. Una de ellas, la de más edad miró a la luna y a su alrededor, tomó un bejuco de la cintura y se puso de pie enérgica y gritó:
-¡no hiciste el acuerdo, todos lo sabemos!
El grupo de búsqueda se detuvo un momento y la miraron con miedo. La madre del niño, Mariana, se acercó a ella con el rostro descompuesto, los ojos rojos y las lágrimas bañándole el vestido
-¿Acaso sabes quién pudo llevárselo? ¡Dímelo y lo buscaré aunque tenga que arrancar cada árbol de la selva!
-Mariana…- Empezó la anciana- Tú… ¿Lo viste? ¿viste qué era?
Mariana miraba al vacío tratando de recordar algo mientras los hombres subían al segundo piso de su casa.
-¡La rama!- recordó Mariana- ¡La rama del naranjo me cerró la puerta!

-Mariana, rézale a las ánimas, decíle al padre que rece una misa por el niño porque yo creo que a tu hijo no se lo llevó un ser humano.

viernes, 1 de mayo de 2015

I- La ciudad sin muertes.

Hubo momentos en que las personas se rebelaron a creer la insondable verdad que La Farmacia quería venderles. Hubo una época en que las caras se mostraban reacias cuando les dijeron que en la vida no había fin a la presencia física, un tiempo en que la gente lloraba a sus muertos cuando éstos pasaban a formar parte del pasto a lo lejos de la ciudad con etiquetas de piedra sobre cuerpos que se desvanecían con el tiempo. Eso fue hace mucho y ahora solo un pequeño grupo de personas como yo conocemos la verdad.

Antes de descubrir las mentiras y de ver el mundo de nuevo en todo su triste esplendor, mi horario consistía en levantarme temprano, comer la comida servida en el gran comedor de la calle novena, salir caminando a mi trabajo y convertir poco a poco con el pasar de las horas la materia prima que me daban en circuitos de aparatos para exportación. A las doce el almuerzo, la ovación de agradecimiento a La Farmacia por permitirnos ser eternos y al final del día, a descansar. Cada día igual al anterior. Solo el domingo, el gran día del desentendimiento, podía salir a caminar, a veces a clases de arte o de literatura dependiendo de mis méritos de la semana pero en general, las personas mostraban ésa expresión de descontento cuando por casualidad en la radio mencionaban la palabra ocio, ya que de alguna forma, éramos parte de la gran maquinaria que mantenía el mundo girando y sin excepción, esperábamos la oportunidad de ser parte de los elegidos, aquellos a los que no podíamos ver ya que habían alcanzado el nivel de sabiduría y experiencia necesarios para ser útiles a La Farmacia y al estado de formas que nadie explicaba pero sabíamos que era un gran honor. La rutina se volvió el sueño, las actividades diarias eran la realización de todo ser pensante y por eso, el hecho de llamar "ocio" al tiempo que teníamos para dedicarnos a otras cosas era tan repulsivo, incluso para mí. El reloj marcó las ocho de la noche y la música clásica inundó las calles de mi vecindario, mis vecinos fueron entrando rápidamente a sus casas y yo también me apuré pues si bien el suero nos daba dotes especiales, La Farmacia nos había enseñado que era necesario mantener un orden de vida muy estricto, sobretodo en lo que se refería a horarios de dormir; los estudios demostraban que el ciclo REM era el factor más importante en su efectividad y si dejábamos de hacerlo, si fallaba un minuto podría ponerse en riesgo la posibilidad de ser elegidos.

La música se detuvo y me encontré en mi habitación, la medicina del sueño reposaba en mi mesa de noche, o al menos eso pensé, pues al estirar la mano para alcanzarla no pude encontrarla. El miedo. Si bien no era una persona infeliz, me agradaba el hecho de vivir siendo parte del engrane de un reloj con buen mantenimiento y debido a ello un hilo de desesperación retumbó dentro mío como un arpa destemplada. Me levanté. Hacía 22 años que no me levantaba de mi cama una vez dada la hora de dormir, me moví rápidamente por la casa intentando encontrar la medicina y cuando la tenía en la mano, a través de la ventana de la sala vi algo que cambió mi vida para siempre.

Mi vecina, Sophie. Ella tendría unos 1800 días. No era necesario celebrar el paso de un año, no teníamos calendario, así que era imposible saber qué mes o qué año era dada la fría insolencia con que La farmacia había hecho desaparecer sistemáticamente todo medio de comunicación: celulares, internet, teléfonos e incluso el correo, incluidos los calendarios y los mapas que no fueran de La Ciudad. Todo entraba y salía por las puertas de entrada de la empresa que nos había devuelto la esperanza de vivir. Supuse que ésa era su edad porque los rasgos de su cara se habían ido tensando.
Yo sabía que entre los 1700 y los 2000 días de vida La Farmacia escogía a sus nuevos elegidos para llevarlos al otro lado de La Ciudad, solían mostrarlos en una reunión de celebración los sábados en la cual se escuchaba "Claro de Luna" en el altavoz de cada puesto de trabajo, se mostraban algunos rostros en una gran pantalla en la plaza en la hora del almuerzo y podías afirmar otra vez "ésta no es mi semana, pero algún día lo será". Lo primero que pensé al ver ingresar esos seres antropomórficos (porque estoy segura que no eran personas) en la casa de Sophie es que venían a prepararla para la gran celebración, pero descubrí una verdad que no me habría imaginado nunca, sobretodo porque en ése entonces la palabra "muerte" no hacía parte del vocabulario. No sabía qué era dejar de vivir ya que desde que nací solo me enseñaron, como a muchos antes de mí, que solo existía el nacimiento y ser elegido. No habían notas al margen ni letras pequeñas, la realidad se reducía a un pasar de días eterno siendo útiles a todos aquellos desamparados que vivían fuera de la ciudad, contaminados de algo que les impedía ingresar (y que con el paso de los años, dejamos de preguntar exactamente qué era). Nuestra curiosidad era satisfecha con imágenes de elegidos en una pantalla, nada más. Sophie se veía extraña sobre una camilla que los cuerpos arrastraban, su piel y su pelo habían cambiado de color, parecía una pasa arrugada, con la carne del cuerpo pegada a los huesos a pesar de que ésa misma tarde la había visto con su cuerpo normal, su cara especial de niña pequeña, ojos soñadores. No sé como supe que se trataba de Sophie pero esa noche comprendí que algo pasaba en La Farmacia, bueno o malo pero algo sucedía y tenía que averiguar qué era.