viernes, 25 de abril de 2014

El naufragio.




El blanco de la pintura fue consumiendo poco a poco las variaciones de tonos del laboratorio, los rostros reflejaron una actitud de estupefacción ante las noticias del alba. Un comunicado en papel bonito, membreteado de la empresa y firmado por el gerente evocaba una realidad que parecía más lejana de lo que en realidad era. Todos iban a la calle. Nadie sabía ni siquiera por qué se continuaba con las labores de remodelación, decoración y pintura, ni si iban a recibir el salario ese 22 de abril pero seguían trabajando con una lentitud que se iba asemejando a un retardo narcótico, como si la incredulidad de los hechos les hubiera robado el habla, las ganas.
Mauricio comentaba cosas en el aire, sin saber si era escuchado, se refería a la empresa como el lugar en donde se había podido desarrollar como profesional y nombraba otras empresas de las que había recibido solicitudes de empleo, grandes ofertas que rechazó por amor al lugar que lo tomó cuando era joven y no sabía nada de la vida.
-Mi yerno trabaja en Castilla- Resumió Víctor.
Hoovert lo miraba con desconcierto, tratando de entender sí en realidad era cuestión de solo tener contactos en otro lugar para adquirir esa capacidad desalmada de abandonar un sitio al que recurrió sagradamente, como quien acude a una iglesia, por más de 30 años. Las palabras de Víctor le resonaban en los oídos, le rebotaron también las cifras mencionadas, los puestos ofrecidos y las oportunidades que no estuviesen en pro de mantener su posición en el ingenio Maria Paz.
La envidia se podía leer claramente en el rostro de “el chilito” que los miraba incrédulo, si bien todos ellos tenían una carrera con la que podrían buscar otro lugar donde iniciar de cero, su caso se resumía en un chico que decidió que estudiar no era tan importante y cargar bultos para invitar a Isabel una vez a la semana al restaurante de doña Diana se volvió su vida, no había más sueños ni donde más socavar.
En estas cavilaciones me encontraba cuando fui llamada por el ingeniero, que me extendió un cheque con mi nombre y una cifra 6 veces menor a lo que había firmado en mi contrato, pero no articulé palabra y me senté en un asiento frente al escritorio como esperando la sentencia final, el corta cuello que me dejaría de nuevo, con ganas de olvidarme del infierno de las calles y sin el recurso para comprar el pan del desayuno, de quién sabría cuántos años venideros. Una nostalgia cruda se resbalaba por las facciones de mi interlocutor.
-Lo bueno siempre se acaba, disculpe si no es suficiente. Ya se habrá enterado, cerramos en una semana.
-¿Por qué continúa la jornada de mantenimiento entonces ingeniero?
Sorprendido por la pregunta, tardó unos segundos es esbozar la mejor sonrisa que tenía para dar y me respondió.
-Dignidad, creo yo, no vamos a dejar esto irreconocible. No sé si lo entiendas, pero la mayoría de nosotros ha trabajado aquí por más de una década.
Pensé en responderle, pero detecté un nudo formándose en la garganta del jefe y no me atreví a romperlo, yo no estaba para darle rienda suelta a un hombre con el futuro quebrado. Me miró y con la mano izquierda me hizo una señal que indicaba que podía retirarme cuando quisiera. Al entrar en el laboratorio los encontré animados y ese deje de tristeza que se había sentido apenas unos minutos antes parecía haberse evaporado como ácido sulfúrico, dejando un rastro quemado en los rostros, una voz ronca en las gargantas y algo más que simplemente ánimos en las labores que realizaban con efusión.
Esa mañana de hace ya 25 años, no entendí nada de lo que sucedía, pensaba que el gesto de dejar las cosas arregladas, todo reluciente y limpio tenía más que ver con la incredulidad de los hechos que con la necesidad de proteger una dignidad pues la misma había sido pisoteada cuando el gerente decidió que no solo cerrarían sino que no daría ninguna carta de recomendación, ni liquidaciones, el tipo pretendía abandonar a los tripulantes que tanto tiempo movieron el barco de Maria Paz mientras firmaba un contrato de 8 años con la empresa que había sido la competencia desde el inicio del negocio. Los abandonaba totalmente ¿qué dignidad habría para salvar bajo esas condiciones?
No fue sino hasta hace unos días que recibí una carta de mi antiguo jefe, el mismo que me había entregado el cheque esa mañana del anuncio del cierre, que comprendí a través de su palabra que lo que pretendían ese día, todos ellos, desde Víctor hasta “el chilito”, era salvar la humanidad que les quedaba y fue por esa razón que entre todos me dieron las limosnas que les había entregado Maria Paz después de tantos años de servicio, porque aunque no lo sabía, yo era la más joven y merecía sobrevivir al naufragio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario