Todas, o casi todas las almas
perdidas buscan la pequeña oportunidad de divisar por ésa ventana minúscula en
el cielo a aquellos que se quedaron con las lágrimas de la pérdida, las
nostalgias de los tiempos pasados, aquellos que permanecen con vida. Las almas hacen
fila para tomar su lugar en la estrella.
Las estrellas tienen sus propias
reglas; ofrecen la oportunidad de vigilar de forma pasiva a las vidas de los
seres queridos una vez cada cuatro años pero cada una de ellas debe reunir
suficientes méritos para ganarse su turno; unas se dedicaban a darles pequeños
toques de felicidad a los pensamientos, y las más entregadas solían ofrecer
pequeños milagros usando su propia energía vital: atrasar el reloj, hacer que
deje de llover o incluso crear un arcoíris en un día soleado. En este vasto
universo, existía una sola alma que guardaba todos sus méritos en pos de un
solo deseo y es que si bien las estrellas eran muy estrictas, ofrecían una oportunidad
única, pues si tras 20 años el alma no había reclamado su turno, ellas te
ofrecían el poder para conceder un solo deseo pero siempre y cuando se diera la
coincidencia que ésa persona estuviera mirando el cielo. Sin embargo el costo
era alto: la evanescencia, desaparecer.
Nunca nadie supo quién era la
persona amada de ésa alma tan pequeña. Veinte años pensando en qué podría pedir
ella, qué gran felicidad podría darle con un deseo y ésa noche era la noche.
-¿Estás seguro?-preguntó la
estrella
-Todo por ella-Dijo el alma
-Debo recordarte que te condenas
a ti mismo a desaparecer.
-Lo sé, pero lo vale.
La estrella le abrió la puerta y
un grupo grande de figuras antropomórficas lo observaron, algunas sonrieron,
otras permanecieron en silencio mientras él caminaba hacia el centro del
círculo. Una luz lo envolvió y lo levantó del suelo mientras los ojos de las
figuras brillaban, un gran ruido se propagó a su alrededor, las figuras fueron
desapareciendo de su vista y de repente, estaba viajando a toda velocidad.
Océanos de rostros desfilaban en su vista, como si se tratara de un álbum de
fotos, algunos susurros al oído: deseos. Durante su apurado recorrido, con un
toque de suerte, o destino, si así se puede llamar a las coincidencias; pudo
ver el rostro que buscaba. Ella miraba hacia el cielo como si reconociera su
presencia a miles de kilómetros, sus ojos se cerraron y su pensamiento evocó un
único deseo.
Unos pocos segundos después,
ambos se desvanecieron.
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