martes, 4 de septiembre de 2012

Diario de una princesa.

Mis ojos lúgubres y apagados atravesaban el cristal de la ventana, percibiendo el movimiento inexistente de de las casas, puestos de comida y una que otra librería. Veía pasar el paisaje y deshacerse en el marco de la ventana sin quitar la mirada del punto fijo, los semáforos nos paraban cada tanto y podía deleitarme detallando los objetos, buscando recordarlos para siempre al llegar a mi destino. En el último semáforo, en la  última parada que hicimos pude ver un rostro sonrosado y con la sangre agitada, tomado de la mano de una mujer perfecta, vestida de violeta y con tacones blancos. Pude ver su rostro encendido de alegría y casi sin sentirlo mi mano se posó en la ventana arrancándome una lágrima y un gemido inaudible para su preciosa cara. Parecían años o siglos pasando lentamente en cada tic tac del reloj, fue una espera eterna viéndolos sonreír y abrazarse con dulzura al tiempo que escuché un crujido dentro mío, que con un esbozo de sonrisa en su rostro, me desgarraba más y más el corazón.
Sentí la oscuridad de la tristeza venir a hacerme compañía entre las sábanas, en las incontables noches de desesperación y agonía, recordando aquel baile mágico que pudo destruir mi neutralidad. Lo sentí quebrarse, sentí como me partía como un vidrio atravesado por una roca veloz, escupí pedazos sueltos de mi alma a cada noche abrazando a almohada, dejándome dormida en el sueño narcótico del dolor de ser reemplazada. No contesté llamadas ni mensajes, no abrí la puerta y no salí de mi habitación más que para comer o lavarme la cara: Yo ya no era la misma persona y desaparecí bajo un manto de una personalidad irreconocible, desaparecí del mundo mientras pude.
La rabia empezó a consumir la tristeza cual depredador salvaje y sangriento, rompiéndole la carne y viendo la sangre correr como ríos. Salí de la habitación  y emití la primera palabra en muchos días, curiosamente mis labios se deleitaron en curiosidad al escucharme pronunciar su nombre, como recorriéndole en cada letra y consumiéndome la poca razón que me quedaba... La fiebre me consumió por completo, derribé flores y bandejas, escuché platos partirse y recuerdos imborrables morir al lado de la cocina, me desplomé en el baño dejando mi cuerpo resbalarse por los mosaicos hasta tocar el piso, golpeé la pared una y otra vez, mis nudillos empezaron a sangrarme y mis uñas arrancaban pequeños trozos de piel de mi cabeza, había pelos y sangre en aquel recóndito lugar de mi casa. Sentí la sangre tibia enfriarse en el recorrido hasta mi codo, donde goteaban sobre el pantalón. Seguí golpeando y golpeando.
Desperté. Me dolía el brazo derecho y me sentí aliviada al abrir la llave de la ducha. Dejé que el agua lavara mi sangre y mojara mi ropa, el sol ya había salido y me pareció un bonito día para salir a caminar. Salí a la calle sin poder mover la mano que probablemente se había partido con los golpes, en ella aún se podía apreciar la sangre seca. No sé cómo y tampoco porqué, pero me lo encontré y me vió. corrí lejos y lo más rápido que pude usando las pocas fuerzas que me quedaban para estar en pie, Él me perseguía como si en realidad le importara mi estado, mi sangre y mi dolor visible. Corrí lejos y no dejé que me alcanzara.

Algunos días después de mi traumático episodio, encontré la librería donde lo ví por primera vez, aquel primer encuentro en que mi alma coqueta cayó bajo el encanto de su sonrisa y su gusto literario. Tomé una lámpara de mi casa y esa noche salí caminando como una mujer feliz, sintiéndo el alivio en mi cuerpo magullado y con una sonrisa de paz y tranquilidad. Estaba decidida, más que decidida: Decidí, estando tan muerta como se es posible en vida que me quemaría, que ardería en mí para siempre el fuego que consume la rabia y el aliento, el fuego que asesina los recuerdos.

Un ser etéreo camina, surge de entre las tinieblas y lo busca, lo besa desde el más allá y vuelve una y otra vez a un lugar incinerado de desaliento, solo para leer una y otra vez en busca de una explicación las siguientes palabras marcadas con cincel en su memoria:
"¿Quién enterrará el amor en una fosa común? Debería ser Él, ése culpable indiferente que camina sin remordimiento tomado de su mano". 

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