Hubo momentos en que las personas se rebelaron a creer la insondable verdad que La Farmacia quería venderles. Hubo una época en que las caras se mostraban reacias cuando les dijeron que en la vida no había fin a la presencia física, un tiempo en que la gente lloraba a sus muertos cuando éstos pasaban a formar parte del pasto a lo lejos de la ciudad con etiquetas de piedra sobre cuerpos que se desvanecían con el tiempo. Eso fue hace mucho y ahora solo un pequeño grupo de personas como yo conocemos la verdad.
Antes de descubrir las mentiras y de ver el mundo de nuevo en todo su triste esplendor, mi horario consistía en levantarme temprano, comer la comida servida en el gran comedor de la calle novena, salir caminando a mi trabajo y convertir poco a poco con el pasar de las horas la materia prima que me daban en circuitos de aparatos para exportación. A las doce el almuerzo, la ovación de agradecimiento a La Farmacia por permitirnos ser eternos y al final del día, a descansar. Cada día igual al anterior. Solo el domingo, el gran día del desentendimiento, podía salir a caminar, a veces a clases de arte o de literatura dependiendo de mis méritos de la semana pero en general, las personas mostraban ésa expresión de descontento cuando por casualidad en la radio mencionaban la palabra ocio, ya que de alguna forma, éramos parte de la gran maquinaria que mantenía el mundo girando y sin excepción, esperábamos la oportunidad de ser parte de los elegidos, aquellos a los que no podíamos ver ya que habían alcanzado el nivel de sabiduría y experiencia necesarios para ser útiles a La Farmacia y al estado de formas que nadie explicaba pero sabíamos que era un gran honor. La rutina se volvió el sueño, las actividades diarias eran la realización de todo ser pensante y por eso, el hecho de llamar "ocio" al tiempo que teníamos para dedicarnos a otras cosas era tan repulsivo, incluso para mí. El reloj marcó las ocho de la noche y la música clásica inundó las calles de mi vecindario, mis vecinos fueron entrando rápidamente a sus casas y yo también me apuré pues si bien el suero nos daba dotes especiales, La Farmacia nos había enseñado que era necesario mantener un orden de vida muy estricto, sobretodo en lo que se refería a horarios de dormir; los estudios demostraban que el ciclo REM era el factor más importante en su efectividad y si dejábamos de hacerlo, si fallaba un minuto podría ponerse en riesgo la posibilidad de ser elegidos.
La música se detuvo y me encontré en mi habitación, la medicina del sueño reposaba en mi mesa de noche, o al menos eso pensé, pues al estirar la mano para alcanzarla no pude encontrarla. El miedo. Si bien no era una persona infeliz, me agradaba el hecho de vivir siendo parte del engrane de un reloj con buen mantenimiento y debido a ello un hilo de desesperación retumbó dentro mío como un arpa destemplada. Me levanté. Hacía 22 años que no me levantaba de mi cama una vez dada la hora de dormir, me moví rápidamente por la casa intentando encontrar la medicina y cuando la tenía en la mano, a través de la ventana de la sala vi algo que cambió mi vida para siempre.
Mi vecina, Sophie. Ella tendría unos 1800 días. No era necesario celebrar el paso de un año, no teníamos calendario, así que era imposible saber qué mes o qué año era dada la fría insolencia con que La farmacia había hecho desaparecer sistemáticamente todo medio de comunicación: celulares, internet, teléfonos e incluso el correo, incluidos los calendarios y los mapas que no fueran de La Ciudad. Todo entraba y salía por las puertas de entrada de la empresa que nos había devuelto la esperanza de vivir. Supuse que ésa era su edad porque los rasgos de su cara se habían ido tensando.
Yo sabía que entre los 1700 y los 2000 días de vida La Farmacia escogía a sus nuevos elegidos para llevarlos al otro lado de La Ciudad, solían mostrarlos en una reunión de celebración los sábados en la cual se escuchaba "Claro de Luna" en el altavoz de cada puesto de trabajo, se mostraban algunos rostros en una gran pantalla en la plaza en la hora del almuerzo y podías afirmar otra vez "ésta no es mi semana, pero algún día lo será". Lo primero que pensé al ver ingresar esos seres antropomórficos (porque estoy segura que no eran personas) en la casa de Sophie es que venían a prepararla para la gran celebración, pero descubrí una verdad que no me habría imaginado nunca, sobretodo porque en ése entonces la palabra "muerte" no hacía parte del vocabulario. No sabía qué era dejar de vivir ya que desde que nací solo me enseñaron, como a muchos antes de mí, que solo existía el nacimiento y ser elegido. No habían notas al margen ni letras pequeñas, la realidad se reducía a un pasar de días eterno siendo útiles a todos aquellos desamparados que vivían fuera de la ciudad, contaminados de algo que les impedía ingresar (y que con el paso de los años, dejamos de preguntar exactamente qué era). Nuestra curiosidad era satisfecha con imágenes de elegidos en una pantalla, nada más. Sophie se veía extraña sobre una camilla que los cuerpos arrastraban, su piel y su pelo habían cambiado de color, parecía una pasa arrugada, con la carne del cuerpo pegada a los huesos a pesar de que ésa misma tarde la había visto con su cuerpo normal, su cara especial de niña pequeña, ojos soñadores. No sé como supe que se trataba de Sophie pero esa noche comprendí que algo pasaba en La Farmacia, bueno o malo pero algo sucedía y tenía que averiguar qué era.
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