La luna se esconde tras una cortina de niebla y el viento
susurra a través de las hojas del viento. Algo parecido a un hombre se mueve
con agilidad entre las ramas, solo una luz se distingue adelante, la luz de una
vela, a las afueras de un pequeño cacicazgo y ésa es su dirección. Sus músculos
se tensaron, la boca inexpresiva esperaba pacientemente en la rama del árbol de
naranjas a que la mujer se retirara de la escena.
-Buenas noches, descansa.
Ella se inclinó un poco y le besó la frente al pequeño. Acto
seguido apagó la vela del lado derecho de la cama, quemándose la punta de los
dedos que rápidamente se llevó a la boca. Se detuvo de espaldas en la puerta y
le pareció que la noche tenía un aspecto distinto, casi macabro, preocupada
cruzó la habitación y cerró la ventana por primera vez en varias lunas. De
nuevo caminó hacia la puerta y sostuvo la mirada hacia el árbol y finalmente
cerró la puerta tras de sí.
La respiración se le agitó un poco, le parecía divertida la
mirada de la mujer que había salido, era como si pudiera verlo, hasta hubiera
preferido llevar dos cargas en vez de una, pero no esa noche. Pasaron unos
minutos en total inmovilidad para no levantar sospechas, unas raíces cubiertas
de hojas se le extendieron desde los dedos cruzando bajo la ventana y
desatorando el mecanismo con un pequeño chasquido, apenas audible. La rama del
árbol creció de forma poco natural haciéndole un camino hacia el marco de la
ventana y una gota de sudor le resbaló en la sien por el esfuerzo. Bajó
lentamente por la ventana introduciéndose a la habitación del niño y con un
movimiento rápido sus manos llenas de tierra le sujetaron de la boca, el niño
despertó sobresaltado e intentó gritar. Aquél ser se puso un dedo sobre la boca
en señal de que debía guardar silencio. El niño solo pudo ver unos inmensos
ojos azules que lo iban sumergiendo lentamente en un trance, olía a alguna
especie de planta o mezcla de ellas, y en un momento se sumergió en un estado
de letargo del que tardaría varias horas en despertar.
El mohán tomó el niño y lo envolvió en la sábana
cuidadosamente, se lo puso en la espalda y caminó al marco de la ventana para
emprender su huida. En ése momento varios pasos se escucharon en las escaleras,
la puerta se abrió de un solo golpe. Por un instante cruzaron miradas, pero el
mohán extendió nuevamente la rama del naranjo y trancó la puerta antes que ella
pudiera cruzarla en auxilio por su hijo. Un dolor intenso se le extendió por el
brazo mutando su expresión en una mueca, se incorporó un poco sosteniendo su
brazo adolorido con el otro y mirando inquietante hacia la puerta. De un salto
cruzó la ventana y estaba parado junto al tronco del árbol. Éste se abrió,
tragándolo como si se tratase de un portal y tras él, desaparecieron el mohán y
el niño a su espalda. La mujer gritaba por toda la casa y pronto luces de velas
se extendieron en el cacicazgo.
-¡Ha sido robado! ¡Robado! ¡Mi hijo pequeño! ¡Auxilio!-
Gritaba y corría por todas las casas tocando las puertas, la madre del niño.
En toda la noche, buscaron con perros y preguntaron si
faltaba alguien más, las señoras ancianas se sentaron en un círculo y
prendieron fuego en la mitad. Una de ellas, la de más edad miró a la luna y a
su alrededor, tomó un bejuco de la cintura y se puso de pie enérgica y gritó:
-¡no hiciste el acuerdo, todos lo sabemos!
El grupo de búsqueda se detuvo un momento y la miraron con
miedo. La madre del niño, Mariana, se acercó a ella con el rostro descompuesto,
los ojos rojos y las lágrimas bañándole el vestido
-¿Acaso sabes quién pudo llevárselo? ¡Dímelo y lo buscaré
aunque tenga que arrancar cada árbol de la selva!
-Mariana…- Empezó la anciana- Tú… ¿Lo viste? ¿viste qué era?
Mariana miraba al vacío tratando de recordar algo mientras
los hombres subían al segundo piso de su casa.
-¡La rama!- recordó Mariana- ¡La rama del naranjo me cerró
la puerta!
-Mariana, rézale a las ánimas, decíle al padre que rece una misa
por el niño porque yo creo que a tu hijo no se lo llevó un ser humano.
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