A veces soy el pájaro que vuela sobre el mar, las alas extendidas intentando rasgar las nubes para robarles algo de su esencia etérea; a veces dedico mis días a soñar con el viento sobre el pico y el cuerpo emplumado que poseo. La libertad puede ser traicionera pero mi mente no tiene límites. El espíritu se regocija intentando alcanzar las gotas de rocío de las mañanas, el calor del primer rayo de sol en la copa de un árbol. Mis alas se despliegan para alcanzar el vasto mundo de los sueños mientras voy caminando hacia el Sur.
A veces, sin embargo, soy un pez atrapando oxígeno del medio denso que rodea mi cuerpo, me salen escamas que me protegen y me sumerjo en el mundo en donde nadie puede verme realmente, nublo mis ojos con juicios propios a los que llamo párpados dobles. Me alimento de pequeños seres que quieren y no saben como ser más grandes que yo. Me siento dueña del mundo y al mismo tiempo anhelo las plumas, las alas, el pico. Soy la nada que se mueve entre las olas y me pierdo entre el movimiento incesante del agua, me voy convirtiendo poco a poco en una masa de espinas y carne blanca un poco insensible, un poco aislada.
Soy un ave y soy un pez. Me divierto cambiando de papeles a medida que pasa el día, mis saludos pueden contener el aire refrescante, los arreboles sobre las hojas, la luz del sol... O pueden convertirse en el burbujeo inentendible de las palabras atrapadas en las burbujas que crean mis opiniones. Así pues, al tener una naturaleza tan variable es normal que no me comprendas, pues tú nunca has liberado los pies de la tierra. Te dedicas a observarme y a juzgarme por sumergirme una vez, planear a la siguiente, perderme en corrientes de aire y brillar con las algas, me juzgas por no poder comprenderte pero lo que no entiendes tú es que me ofreces ser parte de un árbol cuando yo solo quiero volar. Volar y nadar.
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